
Para mi hermana, que nunca ha dejado de luchar.
La terapeuta le dice a la enferma terminal que visualice una imagen de ella en el futuro; una imagen rebosante de salud donde cada gesto y movimiento ratifiquen sus ansias de vivir. Le pide que imagine los detalles claramente de modo que esa escena de vida le permita recuperar los bríos que su cuerpo necesita para sobreponerse al asedio que la carcome.
La enferma, casi al límite de sus fuerzas, se empeña en proyectarse en el escenario dejando que su cuerpo exude al ritmo de la danza que tanto ama. Repite en su mente una y otra vez, con milimétrica precisión, aquel montaje kafkiano que exige de toda su alma y su coraje para sentirse viva. El público la ovaciona y su cuerpo se levanta feliz, trémulo de satisfacción, arrinconando mentalmente las cicatrices remotas que apenas si surcan su cuerpo redimido.
Esa imagen la ha salvado. Su pasión, la danza, ha vencido.
Ahora, en los días previos a la presentación, ensaya con denuedo en el recinto, ausente de público, con la obsesión perfeccionista de quien ha adquirido un compromiso con la vida.